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Ancla "Balear" y el "Forner" de Roselló


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Ancla "Balear" y el "Forner" de Roselló

Donada en 1997 por el Govern Balear al mismo tiempo que el ancla y junto a ella, se puede admirar también una gran escultura en bronce de 2 metros de alto, conocida como "El Hondero Balear" o "Forner", obra maestra del gran artista mallorquín LLorenc Roselló (1868 — 1901), considerado por algunos el sucesor de Rodín y por esta obra, recibió en la Exposición Universal de París de 1900 la Medalla de Plata.

Fotografía del ancla

El Museo guarda una de las páginas más gloriosas de la Marina de guerra española. Se trata del áncora de uno de los jabeques o "xebecs" en mallorquín, del almirante — corsario Antonio Barceló, que en el siglo XVIII, eliminó la amenaza de los piratas berberiscos del Mediterráneo y abrió este mar al comercio.

El jabeque, que deriva del dromón bizantino y de la galera, y que ya había sido adoptado por los piratas berberiscos en el siglo XV, se convirtió a finales del XVII en un arma temible, merced a su rapidez y facilidad de maniobra, frente a las pesadas naves cristianas.

Tenía tres mástiles (el del trinquete inclinado hacia delante), portaba velas latinas o triangulares y montaba una batería descubiertas de 20 cañones.

A mediados del XVIII, la Armada española decidió adoptar el jabeque como barco de guerra. El prototipo fue el "Gitano", construido en Cartagena en 1.750. Desplazaba 200 toneladas y tenía 28 cañones. Poco después se adoptaría el jabeque — polacra, de velas cuadradas. Los más significativos eran los mallorquines.

Uno de ellos fue el "Ibicenco", construido en 1.759. Desplazaba 110 toneladas, tenía 22 metros de eslora y montaba 20 cañones. Los había mayores, de hasta 680 toneladas y 38 cañones.

Fue Antonio Barceló el que sacó mayor partido de estas pequeñas embarcaciones. Su figura no deja de ser controvertida. De simple grumete alcanzó el grado de teniente general. No sabía leer ni escribir, salvo su nombre, y era de temperamento fuerte y malhablado. La aristocrática cúpula de la Marina Real lo odiaba y siempre intentó quitarlo de en medio, pero era adorado por sus hombres, a los que dirigía en primera línea.

Fotografía del ancla

Nación en Galilea, cerca de Calviá, en Mallorca, en 1.717. Cando contaba 18 años, la muerte de su padre le dejó al mando del jabeque — correo que unía las islas con la Península. Ya desde temprano comenzó a asaltar toda nave berberisca que se le ponía a tiro, y con 21 años, el Rey premia su valentía o voracidad nombrándole alférez de fragata.

En la década de los cincuenta continúa con sus campañas, no muy diferentes de las emprendidas por los argelinos, y en 1.761, ya capitán, manda la fragata "Garzota", así como una flota de jabeques. A lo largo del decenio hundiría 19 barcos piratas, liberará a mil cristianos y hará 1.600 prisioneros. Como premio, será nombrado capitán de navío en 1.769.

Tantos cañonazos había escuchado que estaba medio sordo y tenía la cara cruzada por varias heridas de guerra.

En el verano de 1.775, tras una infructuosa incursión en socorro del Peñón de Alhucemas, participa en la primera e infausta expedición a Argel. Barceló comandaba las fuerzas ligeras de la flota hispano — toscano — maltesa, formada por 49 bajeles al mando de Pedro González de Castejón.

Fotografía del ancla

Con sus pequeñas naves, evacuó al maltrecho ejército español del general O´Reilly, que acababa de contemplar cómo los jinetes argelinos . masacraban a 5.000 de sus 18.400 soldados. Aquello le valió el ascenso a brigadier.

Cuatro años después vemos a Barceló, ya jefe de escuadra, en el sitio de Gibraltar, otra de las sangrientas aventuras de Carlos III. Fue en esa época cuando desarrolló un arma novedosa y crucial para la futura guerra en el mar: la lancha cañonera.

Las de Barceló eran barcazas de 17 metros de eslora, con 14 remos por banda y una dotación de 30 marineros, que servía grandes cañones de 24 libras o morteros. Al principio despertaron las risas de los británicos, pero después de probar sus efectos las terminaron adoptando con mucho más éxito.

Ante Gibraltar intentaron hacerle la cama. Se envió incluso a un marqués (el de Griñón) para evaluar sus dotes como general. Sesentón y sordo, el mallorquín debió de causar buena impresión, puesto que se recomendó al conde de Floridablanca, primer secretario de Estado, su ascenso a teniente general.

En julio y agosto de 1.783, Barceló comandaría una gran escuadra de 85 embarcaciones contra la república corsaria de Argel. La incursión destruyó un diez por ciento de las edificaciones, fortalezas y naves argelinas, pero no logró doblegar al "dey", que se lanzó a una campaña de armamentos, con apoyo del sultán turco y de asesores europeos. No sirvió de mucho.

En julio de 1.784, el mallorquín dirige una segunda expedición, formada esta vez por 122 embarcaciones españolas, napolitanas, maltesas y portuguesas. Fue tal la tormenta de fuego que cayó sobre la plaza que el "dey" de Argel se avino a negociar con España y concluyó un tratado en junio de 1.786, con lo que se dio por concluida la piratería. Barceló recibió la Gran Cruz de Carlos III.

No sería su último servicio. En 1.790 y 1.791, y pese a su avanzada edad, acudiría en socorro de la plaza de Ceuta, aunque no se hizo necesaria ala intervención de la escuadra, atracada en Algeciras, al morir el sultán de Marruecos en un combate contra su hermano. Barceló moriría dos años después a los 76 años.

La estela de uno de aquellos xebecs que combatieron a los berberiscos hace ya más de dos siglos conduce hasta el Museo de Salinas, donde también se recuerda al almirante — corsario, aquel por el que aún se exclama en tierras levantinas: "Més brau que Barceló per la mar".

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