El Ancla
El ancla debe ser tan antigua como la navegación, y puede haber nacido por necesidad, con ella. Su origen se pierde en los albores del tiempo y las primeras fueron lógicamente de piedra. Hay naves egipcias hasta 1.000 años antes de Cristo que las usan, pero en Fenicia, Grecia y después en Roma, comienzan a desarrollarse tipos de anclas más elaboradas con plomo, el cual, es conocido desde la más remota antigüedad por la facilidad con que se funde a bajas temperaturas.
En algunos Museos se conservan anclas de madera donde dos cuñas trabadas se horadaban y rellenaban con plomo fundido. Las primeras eran simplemente anclas de peso, de piedra, plomo, de piedra y plomo sin ningún tipo de traba o agarre hasta que en una lenta evolución se fueron formando las anclas con brazo, con dos brazos, con uñas y con uñas y cepo. Por último, están las articuladas en los modernos buques.
La caña es la parte central del ancla que porta en la parte superior los dos maderos unidos entre sí (cepo) por las bandas de metal, o de sogas en las más antiguas, incluso algunos cepos ya se hacían de metal. Esta parte del ancla es para que no se apoye horizontalmente en el suelo marino y resbale, sino que se clave en él para cumplir su cometido de fijación. El brazo es la pieza unida a su extremo inferior, ya sea fundida, remachada o abulonada a la caña y lleva en su extremo (pala), aferradas uñas. A comienzos del siglo XIX comienza a desarrollarse el ancla moderna sin cepo, cuyo uso es normal actualmente y sumamente práctica por su diseño sencillo y la facilidad de su estibaje, ya que están hechos de una sola pieza los dos brazos y las uñas y la caña pivota sobre un perno en la canaladura central de los brazos de forma que puede girar en un ángulo de 90º.
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